• Gabriela Herrera

Diario de una mamá


A las 6:10 a.m suena mi despertador y sin abrir los ojos lo apago. A las 6:15 suena el segundo y así cada 5 minutos hasta que me paro a las 6:45 con prisa porque se nos hará tarde. Estoy muy cansada. La noche anterior debí dormirme más temprano, sin embargo lo hice después de las 12. Nota mental: Hoy debo dormirme más temprano.

Intento despertar a mi hija para ir a la escuela. Creo que es más fácil pelear con 5 gladiadores que realizar esta misión. No quiere levantarse, se enoja, se voltea, se tapa, se vuelve a dormir y mientras tanto yo estoy parada a lado de su cama pensando si será buena idea utilizar un atomizador con agua cantando alguna canción como "Ya llueve ya llueve comienza a llover, gotitas de agua se oyen caer". Pienso que definitivamente no estoy de humor para cantar, ¿y si le ocasiono un trauma? (por cantar y por el agua). Mejor insisto de la forma tradicional: moverla a la par de llamarla por su nombre 10 veces, hasta que por fin se levante.

Lo que viene después es una misión aún más difícil que los 5 gladiadores. Ponerse el uniforme. Puede estar 5 minutos intentando encontrar el lado a la playera (que cuenta con una etiqueta en la parte trasera y bordado al frente con el logotipo del colegio). Inhalo, exhalo, repito la operación... pero algunos días debo confesar, termino haciéndolo yo.

Después la peino, despierto al bebé y bajamos para que desayunen los dos antes de irnos. ¿Vieron la película de Zootopia cuando llegan con los perezosos? Todos los niños son así. Cuando más prisa tenemos, más se tardan en hacer las cosas. Pero cuando van a una fiesta infantil o a casa de un amigo, están listos antes de que una se termine de bañar.

Hago el desayuno mientras preparo el lunch que mi hija se llevará a la escuela, mientras le sirvo el desayuno al pequeño, lavo lo que ensucié, reviso que no falte algo en la mochila y siento que hasta puedo lavarme los dientes y maquillarme al mismo tiempo. Mentira, no tengo tantos brazos.

Recuerdo las cosas que me faltan por comprar en el supermercado, lo anoto en mi lista imaginaria que tengo en la cabeza y prosigo. Recuerdo que debo llamarle al jardinero porque ya está muy descuidado el jardín. Recibo un mensaje de mi marido saludándome (se fue más temprano), lo respondo y me recuerda o le recuerdo algún pendiente que debemos realizar hoy. Lo anoto en mi lista imaginaria junto con una llamada al banco que debo de hacer.

Salgo de casa cargando mi bolsa, a mi hijo y cerciorándome que mi hija no olvide la mochila. Vamos camino a la escuela a veces los tres con cara de zombies y otras veces cantando. La dejamos en la escuela y volvemos a casa.

Ese lapso de tiempo en el que la dejé en la escuela y debo volver por ella, lo llamo "Los diez minutos" ¡Son 6 horas que parecen 10 minutos!. Se pierde la noción del tiempo si te quedas en la casa toda la mañana. Con hijos y una perra es difícil, que digo difícil, imposible mantener la casa como salida de una revista (la perrita es la que menos ensucia).

Así que "Los diez minutos" los utilizo para desayunar "tranquilamente", mientras mi hijo saca todos los utensilios que encuentra en la cocina, abre todas las puertas y se va corriendo a la hora que lo miro a los ojos y le pido que guarde todo. Ese tiempo también lo aprovecho para hacer cosas del hogar, ya sabes lavar ropa, hacer la comida, ir al super mercado. Cuando me encuentro con amigas en el super mercado, nos damos terapia en los pasillos ya que sabemos por lo que estamos pasando, nos vemos las ojeras, el cansancio. Si vamos en la tarde con los niños solo podemos platicar en medio de "¡Cuidado, bájate de ahí, no le pegues a tu hermano!", pero nos damos apoyo y nos decimos que pronto pasará.

A veces, muy esporádicamente aprovecho este tiempo para desayunar con amigas y algunos, escasos días (cuando el universo conspira a mi favor) puedo aprovechar este momento para escribir un artículo y listo... ¡SE ACABÓ EL TIEMPO! ¡Córrele por la hija!

Que te cuento sobre la hora de la comida. Le digo a mi esposo que siento que es más fácil pastorear 30 ovejas que lograr que coman sus porciones, no peleen, no tiren comida (o se la den a la perrita). Intento comer a la par que hago que coman ellos, recojo cosas, pienso en que no le llamé al jardinero pero lo haré en un rato más. Lo que me recuerda la llamada al banco, así que repaso la lista imaginaria mientras barro y trapeo la cocina, limpio la mesa y lavo los platos, etc.

Juegan un poco y la casa que yo limpié en la mañana (y hace 5 minutos), ahora parece que fue sede de un festival internacional.

Por la tarde soy la chofer en cuestión y los trayectos me sirven para pensar, platicar con mi hija, anotar más pendientes, recordar que tengo un libro que quiero leer por la noche o ver una película que me recomendaron. Tengo por leer 452 mensajes del whatsapp y anotar en mi lista imaginaria que mi hija deberá ir vestida de algo, algún día.

Regresamos a casa los baño, les doy de cenar, las 30 ovejas que pastoreaba, se multiplican y ahora parecen 45. Los acuesto a las 8 p.m. (o un poco antes). Me despido de ellos, los beso, los abrazo, les digo que los amo. Salgo, cierro la puerta y siento que un suspiro interminable se apodera de mi. Me siento muy cansada (me recuerdo que no debo desvelarme) pero ha llegado mi momento, ¡Por fin, tiempo para mí! Sonrío y recupero la energía.

Ceno y me doy cuenta que parece que no lavé ni un plato y que tuve de visita a toda mi familia (incluyendo tíos y primos), que no llamé al jardinero, que no compré 3 cosas que necesitaba del súper y no recuerdo si hice la llamada. Lo anoto para el día siguiente. Veo la casa que fue sede del mundial de fútbol. Vuelvo a recoger todo y a ponerlo en su lugar.

Si es que logro ver la película o empezar el libro sin interrupciones... Me vuelvo a desvelar, veo la hora y pasan de las 12:00 a.m. Me recuerdo que no me debo de dormir tan tarde y que al día siguiente debo acostarme a las 10. Siento nostalgia de solo pensar en dormirme a esa hora porque son las horas que dedico a algo que quiero hacer para mi. Son mis dos horas en las que la tele es MÍA y el tiempo también. Me siento poderosa.

Estoy tan cansada, me acuesto y me pregunto ¿Cómo le hacía cuando trabajaba? Se me ocurren rápidamente algunas cosas para darme ánimos:

1) No había nadie que ensuciara la casa hasta después de las 4:00 pm

2) Tenía ayuda dos veces por semana.

3) Me dormía antes de las 11:00 por lo que dormía más de 7 horas diarias.

4) El trabajo iba saliendo conforme me organizaba, eran mis tiempos y mi espacio. En la casa parece que el trabajo nunca termina, el tiempo no es solo tuyo y mucho menos es solo tu espacio.

5) Mi marido llegaba más temprano del trabajo y dividíamos algunas tareas. Ahora por su trabajo es imposible, él me ayuda los fines de semana.

Esto se repite a diario pero a veces se agregan visitas al pediatra, eventos especiales, tareas elaboradas del colegio, etc.

Antes de cerrar mis ojos agradezco por otro día más, por darme la oportunidad de vivir en este pequeño caos y por disfrutar a mis pequeños.

Sé que algún día volveré a trabajar y cuando eso suceda, extrañaré este momento. Algún día crecerán y pasarán más tiempo fuera de casa y extrañaré, como dice una amiga, cerrar la puerta con llave y tener a mis ovejas dentro de ella.

Entonces sonrío, inhalo y trato de dormirme para recuperar fuerzas para el día siguiente.

¡Que no se me olvide llamar al jardinero!


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