• Gabriela Herrera

Psicóloga y mamá


Un día cuando tenía 17 años después de pasar por una pequeña crisis existencial, por no saber que iba a estudiar y después de haber llenado un formato en el que mis opciones iban desde maestra, hasta arquitecta, comunicóloga y diseñadora gráfica... Al revisar los resultados de mis pruebas de orientación vocacional con mi maestro, el cual era un psicólogo que al verte parecía que te estaba analizando (cliché) y darnos cuenta que mi habilidad más fuerte siempre estaba relacionada con enseñar, ayudar, etc., mi profesor me hizo las siguientes preguntas:

¿Por qué siempre has querido ser maestra? y le respondí para enseñar cosas a los niños pequeñitos. ¿Y si en lugar de enseñar, los ayudas? Después de quedármele viendo con cara de no saber a que se refería exactamente, me dijo: Me refiero a estudiar psicología.

Mi primer pensamiento fue: "Pero ¿Qué le pasa a este señor?", el segundo fue "Claro quiere que alguien estudie lo mismo que él" y el tercero fue (perdón colegas) "Ni que estuviera loca". Le respondí: No creo, nunca lo había pensado, prefiero ser maestra. Solo me sonrió, me regresó mi libro y me dijo piénsalo.

Lo que realmente pasó es que en ese momento se despertó un interés en mi, tanto llegué a platicárselo a mi familia, ellos se me quedaron viendo con cara de "Ahora quiere ser psicóloga" (no los juzgo si ya había pensado en arquitectura con mi escaso interés y habilidad numérica) y fue entonces cuando fui a la facultad de psicología a revisar el plan de estudios y decidí presentar el examen de admisión. El resultado fue que ingresé a la universidad y 5 años más tarde me gradué como psicóloga con especialidad en el área infantil.

Durante varios años, trabajé en un colegio como psicóloga escolar primero en el kinder, luego en la primaria y al final en la preparatoria. Con los más pequeños mi fuerte era orientar a los padres y ayudarlos a encontrar estrategias y soluciones a infinidad de preocupaciones sobre sus hijos. Claro yo siempre apegada a las teorías y a las etapas.

Pero de pronto un día me convertí en mamá y justo en ese momento es en donde te das cuenta que las teorías sirven como orientación y que es imposible apegarte a ellas (en mi caso) al 100%, porque dentro se mezclan muchos sentimientos, emociones que te impiden evaluar la situación desde afuera como lo harías laboralmente.

Aparte está la expectativa que les ponemos a nuestros pobres hijos desde el vientre, no que digo vientre, desde tan solo pensar en el día que los tengamos. Uno se imagina que los hijos serán de cierta forma, con cierto carácter y ciertos gustos, pero hablando de los míos, son totalmente diferentes a como los imaginé. La de 5 es extrovertida, sociable, cariñosa, musical, muy tenaz y capaz de intentar por todos los medios de conseguir lo que se propone. Y el de 1 todavía no puedo definirlo tan bien porque aún es un bebé, pero creo que lo de tenaz se le va a dar muy bien, es muy cariñoso y busca la forma de manipularme a su antojo.

¿A qué voy con esto? Que como psicóloga asesoré a padres para que retiraran biberón, chupón, a preparase para la próxima llegada de un hermanito, a establecer horarios en general y de sueño, a como quitarles el pañal, que hacer en caso de berrinches, etc. Sin embargo llega un día, en el que estás a mitad de una fiesta infantil o en el súpermercado y el hijo(a) decide en ese preciso momento hacer un berrinche monumental y pareciera que que los libros con las teorías se fueran de vacaciones permanentes a un crucero por las Bahamas. Te quedas petrificada pensando “tengo que tener paciencia”, cuando lo único que quieres es que pare, lo más pronto posible. Y claro, entonces aparecen las miradas de: reprobación, de empatía, de desesperación, de nostalgia (si nostalgia porque créanlo o no, ya que crecen hasta eso extrañan las mamás) y peor aún, como me pasó a mi, si te encuentras a alguna mamá que asesoraste y pareciera que te ve como si estuviera en el cine con unas palomitas en la mano, observando la película. Acto seguido, escuchas o te enteras que dicen esto: “Y su mamá es psicóloga”.

Señoras y señores las psicólogas, maestras, pedagogas, doctoras, psiquiatras, etc. En ese momento somos madres, estamos tan ligadas emocionalmente a esa personita que está rompiendo en llanto porque se le dijo que no se le compraría el dulce o lo que quiere. Somos la mamá incómoda que deseamos que ese momento termine y también somos la mamá que queremos retirarnos de ahí para decirle por todos los medios que eso que hizo no es correcto y que no debe de volver a pasar (y claro que volverá a pasar, no una, muchas veces).

Les comparto esto porque todos tenemos una profesión, algunos por vocación y otros por accesibilidad. Pero independientemente de esto, lo hacemos para trabajar, para ayudar a otras personas, porque nos gusta, porque es parte de nuestra esencia, pero es imposible que alguien en su sano juicio haga el mismo rol las 24 horas los 365 días del año. Como recordatorio, cuando veamos a alguien en apuros tratemos de no juzgar, porque un día podremos estar en sus zapatos y ¿Nos gustará el resultado?.

Así que con este artículo me presento. Soy Gabriela, soy psicóloga infantil, soy esposa de un hombre maravilloso, soy madre de dos niños que adoro por sobre todas las cosas, soy hija, soy hermana, prima, sobrina, tía, amiga, consejera, soy ama de casa por mi actual pausa laboral y ahora también ¿Cómo le diremos? Mmmm… Escritora suena bien.

La intención de este blog es compartir publicaciones tanto de psicología como vivencias personales por las que pasamos las mujeres, las madres, los padres, las personas, etc. y también escribir algunas locuras que nos ayuden a reír, llorar y sentir. Espero les guste y ¡Gracias por estar aquí!


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